• retazo49

    Con la camiseta amarilla, el pantalón azul, el 1 a su espalda. Se levanta sobre sus torres que protegen mi tierra, mi planeta, que forman una muralla junto a sus guantes para detener los meteoritos que el universo me lanza, despejados de puños o con un escorzo que culmina en el último centímetro de sus botas.

    Con la camiseta amarilla, el pantalón azul, el 1 a su espalda. Dirige a su defensa para que no pase nadie y menos nadie con un balón, aunque esté dormido en un tren que lo lleva a una ciudad lejana, aunque esté visitando a unos familiares condenados a varias muertes, aunque trabaje de niño en una cerámica.

    Con la camiseta amarilla, el pantalón azul, el 1 a su espalda. Sonríe ante todos los que marcamos goles en la bondad sin ser buenos más que por parecer ser buenos, porque es nuestro amo quien lo ordena; sonríe porque sabe que la realidad es esperpento empaquetado en nobles ideas y nobles palabras.

    Con la camiseta amarilla, el pantalón azul, el 1 a su espalda.

  • retazo48

    No quiero volver a pensar en ello, pero es lo único que me queda ahora. Nada más. Nada más que recuerdos que me hacen llorar aunque no los quiera evitar, aunque no los quiera olvidar. Recuerdo subir una y otra vez las escaleras de un hospital para encontrar algo que no quería encontrar, pero que cuando deje de encontrar, eché de menos. De una manera egoísta, eché de menos. Aunque odiase subir las escaleras para encontrarme con lo que me iba a encontrar, echo de menos esas escaleras. Coger el autobús, remontar las calles hasta llegar al hospital y subir las escaleras.

    Subir las escaleras, estar, estar, estar, pulsar el interfono para llamar, por última vez y con más entereza de la esperada, a control:

  • retazo47

    Automatizar la vida para que sus vaivenes no me hagan perderla, perderme, perderme lejos de ella.

    Tener rutinas con indicadores que sean objetivos y sirvan de agarre para mantenerlas, para que cuando un demonio pequeño, un pequeño dolor, me haga bambolear de un golpe no pierda la estructura de mi existencia; para que cuando un demonio pequeño me golpee y convoque a todos los fantasmas no muertos de mi pasado, y yo quiera huir de mí para siempre, tenga una rutina que sea, en ese momento, yo, que yo sea el cuerpo de una rutina que impida que los fantasmas pasados y futuros me conquisten haciéndome caer en su esclavo.

    Convertirme en una rutina de rutinas que me sirvan de protección contra los vaivenes que hay en mí.

  • retazo46

    Un día, quizá sin previo aviso, un fantasma del presente te golpea, te tumba, te deja tirado a un lado del camino que ya no quieres volver a vivir. Entonces, ese fantasma llama a todos los fantasmas de tu pasado, a todos sin dejarse uno, siendo increíble la agenda tan completa y bien organizada que ha conseguido. Si no fuera dolorosa la situación, podrías pedirle el secreto para ser capaz de tanta eficacia, tanta profesionalidad al invitar a todos: colecciones de dolores de la infancia se presentan aunque ya nadie se acordaba de ellos; deseos deseantes de futuros no vividos, de amores no conservados, y de bocadillos de jamón que se quedaron sin ser comidos; al menos, por ti. Con tal capacidad de organización, de guía, de búsqueda total del sentimiento para atrapar a su público, ese fantasma del presente podría derrotar en combate a tantos fantasmas que aparecen en portadas de revistas y cacerías de premios.

    Pasan a tu lado otros caminantes que, muchos de ellos movidos por intentar espantar a un fantasma que ni ven ni comprenden, intentan que te animes, que vivas, pero ese dolor que no sufren directamente no reclama su reino en su cuerpo. Da igual que ellos hayan padecido de desgracias similares, se olvidan; da igual que, si consigues levantarte y continuar andando, te los vayas a encontrar tirados igual que tú estás porque sucederá en un futuro que ahora ninguno de vosotros veis; probablemente. Te dicen que tus fantasmas no son tan fantasmas porque les faltan las cadenas, que incluso han visto a uno de ellos con una sábana de cuadros en vez de la más tenebrosa blanca; te hablan de lejanos castillos donde habitan realmente fantasmas reales y no fantasmas irreales como los tuyos, fantasmas de verdad con sus almas en pena de los que dan miedo, de los que se podría hacer una película de terror que hiciese lloriquear a la más brava de las patatas bravas; te explican que tus fantasmas son unos tirillas de la vida en el gimnasio del sufrimiento y que tienes que relativizarlo todo porque fíjate en el fantasma del dolor que ha ganado el Mister Olimpia de este año, que eso sí que es dolor dolor, que una foto suya ha llenado portadas de periódicos y revistas mundiales.

    Mientras tanto, tu fantasma afirma con la cabeza pues, su circo de fantasmas, ha encontrado a un nuevo miembro.