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  • Decametrón XII. Cuentos del Decametrón. Retazo 25.

    Hubo una vez un cuento que, de esta o de otra forma, fue contado.

    Compró una vaca.

    No una vaca cualquiera.

    Esa vaca le iba a dar el ingrediente que le faltaba.

    Era una vaca magnética con cuernos toroidales y esferas ingrávidas de satélite.

    ¿De verdad?

    ¿Y qué había de especial en una vaca así?

    Eso es lo que pensarían muchos de los mejores ganaderos de la galaxia y, por suerte para él, es lo que pensó el ganadero que se la vendió.

    Porque, aparte de ser una vaca bastante normal en aquella parte de la galaxia, en vez de dar la típica leche espumosa cuántica, esa vaca daba leche espumosa cuántica de antimateria.

    ¡Ah, ahora sí que empieza a ser especial esta vaca!

    Sí.

    ¿Y si añado que la antimateria era… oscura?

    ¿Leche espumosa cuántica de antimateria oscura?

    Eso es.

    Por eso compró esa vaca.

    Porque necesitaba esa vaca para conseguir el ingrediente que le faltaba.

    El ingrediente que le faltaba para hacer los mejores y más refrescantes cafés blanco y negro de toda la galaxia.

    Los mejores blanco y negro que se han podido tomar en cualquiera de los universos mecánicos que han existido.

    -Yo quiero dos. -dijo la pequeña robota mientras centelleaban sus ojos verdes.

    Así fue como, de esta o de otra forma, este cuento fue contado.

  • Historias de robots 3-10

    Hubo una vez una robota que, por cuidar una planta, terminó con un mono.

    Nunca se le habían dado bien los animales, ni las plantas, ni los microorganismos. Siendo claros: No se le daban bien los seres vivos y ya.

    Tuvo un perro pastor eléctrico, de esos molones que salen en las revistas de chicas guapas, y casi se le electrocuta al caerse en la bañera.

    Pasó a una oveja eléctrica, certificada con cero mantenimiento-cuidado-problemitas, y casi se le electrocuta al caerse en una bañera. Y eso que la bañera, sabiendo lo que le había pasado al perro, ya la tenía vacía y rodeada por una valla. Pues la bendita oveja debía de ser campeona olímpica de salto sin pértiga porque allí apareció.

    Le regalaron un ficus eléctrico, con unos paneles que absorbían cualquier fotón despistado que pasase cerca para que ella no tuviera que cuidarlo, con garantía de poder sobrevivir a cuatro guerras termonucleares de destrucción garantizada, y casi se le electrocuta al caerse en una bañera.

    Sí la misma bañera de siempre, pero que ya no saldrá más en la historia porque, después de lo del ficus, decidió instalarse una ducha.

    Una araña temeraria entró en la casa de la robota y… murió.

    Y un mosquito buscándose la vida y… murió.

    Y un virus informático… y murió.

    Por eso, cuando le regalaron una planta, dijo:

    —Que no quiero, que se me mueren todos los bichos.

    En principio, parecía una planta normal, con sus hojas, con su tallo, con sus raíces para captar las corrientes eléctricas de la tierra; en resumen, una planta normal.

    Tan normal que no salía en revistas molonas, ni tenía certificados sobre su mantenimiento, ni tenía garantizado sobrevivir a una guerra o a una bañera.

    Quizá por sus experiencias previas, no le hizo el más mínimo caso; y quizá por no hacerle el más mínimo caso, no se enteró de que le había salido una nueva rama, con sus hojas, y su caseta de pájaro carpintero.

    Se enteró cuando el pájaro carpintero le picó entera una pata de la cama. Tras el golpe contra el suelo, dijo:

    —¿Qué?

    Podría haberle causado extrañeza ver al pájaro, pero lo que realmente la dejó atónita es que estuviera vivo.

    —¿Qué hace un pájaro vivo en mi casa?

    El pobre bicho se asustó y se fue volando.

    —Sí, sí, no te lo dije. Como frutos, esta planta produce pájaros carpinteros. No te preocupes. Ahora mismo te mando la solución.

    Su amiga, la que le había regalado la planta, la que le acababa de explicar por teléfono el origen del pájaro, le mandó un paquete y esta vez sí que llevaba una pequeña nota:

    —Sirve para controlar a los pájaros.

    Abrió la caja y sacó a un…

    —¿Un mono? ¿En serio?

    El mono, en cuanto vio la planta, que ya tenía más ramas con las yemas de nuevos pájaros carpinteros, saltó hacia allí y empezó a comérselos.

    —A-lu-ci-no.

    En un momento, el problema de los pájaros carpinteros estaba solucionado.

    Lamentablemente, el mono, cuando no tenía que comer, se ponía a cantar canciones de la tuna:

    —Oh, vida que me tienes en vilo. Oh, vida mía. Oh, oh, oh.

    Tras medio minuto aquello era insufrible… Y su amiga le mandó el remedio:

    —¿Una cacatúa?

    —¡Una cacatúa!

    En un momento, el problema del mono tunero estaba solucionado y empezaba el problema de la cacatúa.

    Y vino un tardígrado.

    Y, por el tardígrado, vino un camaleón.

    Y, por el camaleón, vino lo que vino hasta que la casa de la robota se llenó de vida y alegría. Bueno, más vida que alegría, y más zoológico que casa. Bueno, pequeñas aclaraciones sin importancia.

    Así fue como una robota, por cuidar una planta, terminó viviendo en una selva con su propia tribu de robots aborígenes.

  • Historias de robots 1-58

    Hubo una vez una robota que, gracias a su don de palabra, salvó su vida.

    Esmerilda 331 tuvo ante sí la muerte, la muerte que traía un magistrado en sus puñetas.

    Cómo había llegado a juicio, poco importa. Lo que importaba es que Esmerilda estaba ante un magistrado que, si lo deseaba, podía mandarla al desguace.

    —Su señoría, lo primero que le quiero decir es que yo no soy muy inteligente. ¿Se podría decir tonta? Se podría decir y nadie faltaría a la verdad.

    Cómo he llegado a este juicio, poco importa. Lo que importa es que estoy ante usted y que, si lo desea, puede mandarme al desguace.

    Pero, primero, mire, míreme bien.

    El juez así lo hizo, prestando detalle a todo lo que se pudiera vez, intuir o imaginar.

    —Su señoría, también le quiero decir que, como soy tan poco inteligente, o tan tonta, no supe absolutamente nada de los negocios de mi marido. Que había dinero. Lo había. Que había buenas naves. Las mejores. Pero yo ya le digo, a inteligencia no gano a nadie.

    ¿El origen del dinero, de las naves, de las sustancias esas con las que se divierten inocentemente los jóvenes? Pues ya le digo: Muy inteligente no soy.

    Yo estaba a mis cosas: Gastar dinero, dar vueltas con mis compis-moloneras, llevar una vida disoluta como todos en el fondo deseamos.

    Mire, míreme bien. ¿Acaso usted no desea en el fondo llevar una vida como la que yo llevo? ¿Acaso usted no me desea?

    Pero, primero, mire, míreme bien.

    El juez así lo hizo, prestando más detalle a todo lo que en su imaginación empezaba a surgir por la falta de sangre (también llamada líquido hidráulico).

    —Su señoría, yo, de tan poco inteligente que soy, construyo mis pensamientos con anacolutos. Pero, usted, como magistrado bien sabio y bien estudiado, y bien de cuerpo para la vejez que lleva encima, usted sabe que eso de que la justicia es igual para todos es sólo un lema publicitario. Yo, siendo profundamente estúpida, arrebatadoramente imbécil, completamente estulta, sé que la justicia no es igual para todos.

    Mire, míreme bien. ¿Acaso el desguace no es el destino de los robotos pobres y de las robotas feas? ¿Acaso, sea sincero, usted no me desea?

    Pero, primero, mire, míreme bien.

    Y así fue como una robota, por su don de palabra, salvó su vida.

  • Ausencias del Decametrón LVI

    Hubo una vez un roboto que, estando ausente, estaba en todas partes.

    Era el mejor.

    Sin duda.

    Y lo había sido durante las últimas décadas.

    El mejor.

    Sin duda.

    Sin oposición.

    -Y ahora, ¿qué?

    Porque ser el mejor sin oposición, sin duda, durante las últimas décadas, le hacía sentirse vacío.

    Sin propósito.

    Sin más rival que el aburrimiento.

    Desde la primera vez que se subió a un triciclo en el jardín de infancia, había demostrado que ningún otro fantasma podía vencerlo.

    Ni en las pruebas rápidas.

    Ni en las de resistencia.

    Ni en carreras bajo la lluvia.

    Ni bajo el agua.

    Ni entre el barro.

    Ni en mitad de atmósferas de bario.

    Era el mejor y punto.

    Pero ser el mejor no es tan agradable como parece.

    Como les parece a los seres normales que llevarán una vida aburrida, monótona, gris, suprimible, deprimible y deprimente.

    -Y ahora, ¿qué?

    ¿Volvería a reinar en todas las pruebas del universo? ¿Montado en su triciclo ganando durante las próximas décadas, durante los próximos siglos?

    Quizá un ser normal podría contentarse con tal cúmulo de éxitos.

    Pero él no.

    Nunca.

    Nunca.

    Prefería abandonar para siempre a su compañero, al que no le había fallado, al triciclo que le regaló su tía Espasmódica por su segundo cumpleaños y medio.

    Abandonarlo y abandonarse sin un propósito en la vida.

    -¿Quieres potencia? ¿Velocidad? ¿Quieres viajar todo lo rápido que tú mereces?

    Era un anuncio.

    Un anuncio de una Visión aleatoria de un día aleatorio.

    Era un anuncio en el que le estaban vendiendo una moto.

    -Prueba nuestra moto Tormenta Estelar y conviértete en el rey de todas las pistas.

    Un anuncio con una promoción para los quince mil primeros usuarios: Todo un sidecar rechulón de regalo.

    Miró el anuncio.

    Miró el triciclo.

    Lo tuvo claro.

    -Entrenador. -le dijo a su entrenador.

    El otro fantasma se volvió porque él era el entrenador de la estrella del triciclo.

    -Entrenador, dejo las competiciones de triciclo y me paso a las de moto.

    -¿A las de moto? -preguntó el entrenador.

    -A las de moto. A las de moto con sidecar.

    -¿Con sidecar dices?

    -Sí. Y necesitaré su ayuda, mi querido entrenador fantasma.

    -Cuenta conmigo, mi insigne discípulo fantasma.

    Los dos robots fantasmas se abrazaron.

    -Pero necesitarás un copiloto que vaya en el sidecar.

    -Ya he buscado al mejor compañero que pudiera tener.

    Y el piloto fantasma miró hacia su futuro compañero de carreras, miró hacia su pasado, presente y futuro compañero de carreras; y su triciclo lo miró a él.

    Así fue como un roboto, estando ausente, estaba en todas partes.