Etiqueta: robots

  • MV-13-Historias de robots

    Hola, ¿qué tal? Bienvenidos a “Mi vida en un minuto”, una sección semiautónoma del proyecto ref5504.

    Desde que eras un pitufo sin módulo de habla, has abierto tus antenas cada vez que oías sus nombres, sus aventuras.

    Ese Malvadón de Sigma haciendo de Malvadón de Sigma con toda su maldad, con toda su malevolencia, con toda su malignidad destinada a hacer el mal.

    Y el minúsculo Hiperchiquitín que era pequeño de tamaño, pero grande de corazón y, sobre todo, grande de coraje para acabar con todos los que querían aprovecharse de él.

    También has oído hablar de la mejor amiga que podría tener un robot, de esa maravillosa Raquel Chispitas que te electrocutaba con descargas de amor.

    O de la ingeniosa Flamígera en los Aires 3, de cómo consiguió un planeta para ella sola.

    Y venga, admítelo, que nos ha pasado a todos: has deseado ser un Capitán Canallero haciendo el macarra por las corrientes espaciales y, claro, teniendo a una robota en cada puerto estelar.

    Por eso, querido amigo oyente, no puedes hacer otra cosa salvo apuntarte a “Historias de robots”, un programa de robots para robots.

    Aprovecha el código malicioso “ref5504 es canela en rama” y conseguirás un ejército de androides con el que dominar el mundo, el universo, o la cafetería de moda.

    ref5504, gran empresa, mejores clientes.

    Bip, bip.

    Y, por supuesto,

    Grrrr.

  • Historias de robots 5-3

    Hubo una vez una robota que, haciendo el esfuerzo, hizo el esfuerzo.

    —Tú tiene que hacé el efuezo de hacé el efuezo. —dijo un vecino suyo.

    Ese día no pudo más y, en vez de marcharse sin hacerle caso, le contestó.

    —Que sí, que sí. El efuezo. Sí, hacé el efuezo.

    ¡Qué tío más plasta! Se pasaba el día repitiendo la frase en plan machacón, en plan dios regañando a sus robots descarriados.

    —Tú tiene que…

    Ella le cortó:

    —Sí, hacé el efuezo. Hacé mucho efuezo, efuezo bueno, mucho, efuezo, hacé. Ahhh, aaa, ahhh.

    El vecino meneaba la cabeza:

    —Sí, eso, hacé el efuezo.

    El vecino meneaba la cabeza afirmativamente, pero no parecía entender que ella no quería entenderle.

    Pocos habitantes de ese pueblo aguantaban a un vecino tan pesado, quizá porque era muy pesado, quizá porque tenía razón, quizá porque todos que le habían hecho caso se habían puesto a trabajar duramente en lo que ellos anhelaban conseguir.

    —Tú tiene que hacé el efuezo de hacé el efuezo.

    Pero ella no se marchó.

    —Tú tiene que hacé el efuezo de hacé el efuezo.

    Pero ella no le contestó.

    —Tú tiene que…

    —hacé el efuezo de hacé el efuezo. —completó la robota.

    —Sí, eso es. —dijo el vecino con la alegría de un dios que salvaba a otro robot descarriado.

    Así fue como una robota, haciendo el esfuerzo, intentó ser lo que quería.

  • Historias de robots 5-7

    Hubo una vez un roboto que, estando seguro de lo que hacía, lo hacía bien.

    —Estoy seguro.

    Lo dijo lo seguro que podía estar un roboto al decir algo.

    Y empezaron las obras. Y todo fue bien. Y casi todo fue bien. Y todo fue mal.

    —Dijiste que todo estaba bien, que estabas seguro.

    —Sí, sí, estoy seguro de que lo dije. Dije que estaba seguro de que todo saldría bien. Y estoy seguro de que, si se hubiesen hecho las cosas como yo dije, todo hubiera salido bien.

    El roboto estaba seguro de que algún obrero no había seguido las instrucciones correctamente, que algún material no había tenido las características que debía tener, que alguna ley física no había sido todo lo cuidadosa que debía haber sido.

    Estaba seguro. Él siempre estaba seguro. ¿Por qué? Porque estar seguro era el súper poder que le había tocado en esa vida.

    Así fue como un roboto, estando seguro de estar seguro, siempre lo estaba.

  • Historias de robots 1-10

    Hubo una vez una Robota que miraba el cielo intentando encontrar su planeta, pero ese planeta ya la había encontrado a ella.

    Se llamaba Flamígera En Los Aires 3 y ésta es su historia.

    Flamígera En Los Aires 3 se pasaba el día mirando el cielo y, como es normal, fue víctima de muchos tropezones, unos más accidentes que otros.

    Los demás robots se reían de ella: La habían rebautizado Torpígera Doña Golpes 3. Y a ella ni le molestaba ni le hacía gracia.

    Pero no sólo tropiezos había en su vida, también dejaba hueco para otras cosas y, por eso, en un pozo se cayó.

    —¿Sabéis que Torpígera Que Te Caes 3 ha dejado los cielos y se ha puesto a buscar los infiernos?

    Y así hacían chanzas, y burlas, y befas, y cualquier otra actividad lúdica que les permitiese practicar su capacidad lingüística.

    Mientras, Flamígera se sentaba en una silla y, con una especie de palo que ella llamaba telescopio, miraba el cielo.

    Un día vendió su casa, su estación de generación de electricidad, y la fábrica de su familia donde ella había nacido. Y con ese dinero, compró todas las naves espaciales que había en el planeta que, al ser un planeta pobre, pequeño y poco poblado, esas todas eran más bien pocas.

    —Ahora Torpígera se nos ha puesto viajera y en vez de casa vivirá en un cohete; y en vez de energía, comerá soles.

    Mientras, Flamígera se sentaba en una silla y, con una especie de libreta que ella llamaba calculadora, hacía sus números.

    —No es mal porcentaje. —se dijo.

    De repente, apareció una nueva estrella en el cielo. Casi todos los robots se lo tomaron a broma hasta que un día, también de repente, empezó a correrse la voz de que era un asteroide que iba a destruir el planeta y tenían que huir. Los robots sabían cómo hacerlo.

    -Torpígera, danos las naves.

    Pero Torpígera no contestó por el simple motivo de que no había ninguna Torpígera.

    —Torpígera, las naves.

    —Creo que estáis intentando hablar con un fantasma de vuestras mentes -contestó la robota.

    —O nos las das por las buenas o serán por las malas.

    —Las naves son mías, yo os las compré. ¿Acaso no las vendisteis?

    —No estamos para bromas.

    —Mi dinero no fue una broma. ¿Lo fue?

    Se abalanzaron hacia ella, pero antes de que le pusieran una mano encima, activó las defensas.

    —¿Las naves? Las naves las puse todas en órbita para que nadie pensase que lo que había sido suyo, seguía siendo suyo; y que mi dinero también seguía siendo suyo. Pero si tanto queréis las naves, os las vendo. Todas.

    Los robots dudaron.

    —Sí, me las podéis comprar y podéis huir. Hay sitio para todas las pocas familias.

    —¿Y qué quieres a cambio?

    —Quiero que me vendáis el planeta. Y que no volváis.

    —Ja, esa cosa del cielo va a destrozarlo.

    —Sí, es posible.

    —¡Estás loca! ¡Siempre lo has estado!

    Flamígera les hizo firmar que todo el planeta quedaba para ella: sus pocas casas, sus pocas plantas de energía, sus pocas fábricas. Un planeta pequeño, pobre, que ahora iba a estar menos poblado.

    La bola de fuego ya era casi tan grande como el propio Sol de ese sistema. Todos los robots menos una embarcaron en las naves:

    —Adiós, que te aproveche tu planeta de cenizas, Torpígera Que Te Quemas 3.

    Y se marcharon y la dejaron sola.

    Sola. Empezó a correr por todo el planeta. Y aquí las activaba. Y allí. Sola. Siguió corriendo. Rápido. Y allí también las activaba.

    La bola de fuego se iba haciendo más amenazadora, las naves ya habían desaparecido de su vista.

    Sola. Corriendo. Activando. Sola. Rápido. Casi. Ya. Sí. Ya.

    —Un 91%, no es mal porcentaje —se dijo exhausta.

    Ese 91% de no chocar contra el planeta fue el elegido por el asteroide, y el asteroide se fue haciendo cada vez más y más pequeño. Y más y más grandes se iban haciendo las naves de los robots que volvían por lo suyo. Y lo suyo fue encontrarse con todas las defensas del planeta activadas con las que tuvieron un breve y definitivo diálogo.

    Y así fue como una robota, que miraba al cielo para encontrar su planeta, lo encontró.