• retazo9

    Dos olas enfrentadas por dar cobijo a una lancha perdida en mitad de un océano, dos olas que otro puerto buscan cuando ya no mantienen el crepitar de su nacimiento. La lancha remolonea, recuerda las olas que la lanzaron de un lado a otro de la vida, remolonea sin dar un paso hacia ellas, sin dar un paso alejándose de ellas, dejándose mecer por los vaivenes de dos olas que la codician como el tesoro que naufragó hace años. ¿Chocarán las dos olas? ¿Chocará la lancha contra sí misma? ¿Otra vez?

    La lancha observa una fotografía desgastada y recortada, en la que, si bien más joven, se encuentra con las grietas de aquella ola que quiso volar, recuerda aquella ola. Ahora, esas grietas casi han desaparecido de su cuerpo, pero no de esa foto, pero no de esa foto que hizo de ella su memoria. Comprende que cualquiera de esas dos olas no le reportará sino renacer las grietas una vez calafateadas con sangre. ¿Huirá? ¿Se salvará? ¿Esta vez?

    Y, tímida, sonríe.

  • retazo8

    Las melodías engastan los versos nacidos al condensar mi vida en palabras, nacidas de la nada sin intención. Sin entender las notas que canto, sin saber cuál es su nombre, su escala, la armonía que, en otra manos, las podría convertir en una composición preciosa. Salen las melodías desde dentro de mí, sin decisión alguna sobre ellas, nacen solas y encuentran en mí un altavoz que las difunde.

    Las palabras se acomodan en ellas creando rimas extrañas, versos que no tienen sentido alguno, hasta que, sin previo aviso, surge un verso que se convertirá en la piedra sobre la que edificaré el resto de ellos. Así ha sido siempre: primero, la melodía; después, el verso generador. En cuanto aparecen esos dos elementos de la base, puedo empezar a generar el resto del espacio donde vivirá la canción.

    Han nacido, nacen y nacerán las melodías en mí sin que yo las busque, como una emisora interior que pone música a mi vida; han nacido, nacen y nacerán hasta que, como ya sucedió en el pasado, yo esté muerto.

  • retazo7

    La sonrisa en la boca, no por no haber sentido nunca la tristeza, sino por una tendencia natural de mis labios. La sonrisa en la mano, en el pie izquierdo que sonríe dentro de un zapato del 46 aunque haya tenido que andar sobre unas cuantas decepciones.

    Me toco las comisuras de mis labios dando gracias por esa ligera sonrisa pánfila que se marca, que me evita convertirme en un contenedor de vinagre como tantas veces he estado a punto de pasar a ser. No sé la razón por la que aparece en mí, por qué aparece aun con todos los desastres que surgen en el mundo, con todas las veces que mis acciones no contentan a los de mi entorno o a mí mismo. Y ahí está.

    Seguramente sea un salvoconducto para cuando mi soberbia me intente atrapar en sus proyectos infalibles; esa pequeña sonrisa esbozada destruirá los intentos por ser un tipo serio, sensato, bueno, como tiene que ser.

    Quizá sea una lancha salvavidas para cuando mi fatalismo llene de espectros abisales el océano de mi vida, esa sonrisa incipiente volará sobre las aguas turbulentas para llevarme a un refugio de tranquilidad.

    Una pequeña sonrisa sonriente al lado de un pequeño hoyuelo sonriente.

  • retazo6

    La indefinición es beneficiosa por el simple hecho de no obligarte a cerrar oportunidades que puedas tomar. Hoy en día estamos anquilosados en viejas estructuras que nos hacen sentir esto o lo otro, atenazando nuestra libertad en andamiajes creados para edificar personas del pasado. Y, nos pongamos como nos pongamos, ya no es válido. Eso está acabado, muerto, extinto, fosilizado en viejas colecciones de museos geológicos. Las ideas antiguas y gastadas no nos permiten explorar todo aquello que podemos llegar a ser, sumiéndonos en continuos dolores espirituales por contemplar absortos una realidad que no es la nuestra.

    Porfiamos en el error de creernos lo que muchos han dicho en el pasado cuando ese pasado ya no representa lo que a día de hoy somos. ¿Tuvieron los mismos miedos que nosotros? ¿Fueron presa de los mismos deseos que nosotros? Necesitamos escribir un nuevo lenguaje que nos permita saber cómo hablamos con nosotros mismos y con los demás, necesitamos descubrir una nueva forma de vida que nos lleve más allá de lo que se ha repetido en el pasado porque nosotros, ahora, somos distintos, diferentes, únicos, sin ningún tipo de posible nexo con aquellos que han cargado con los mismos genes corpóreos y etéreos que nosotros padecemos en nosotros. Porque del melón que nos llevamos a la boca, lo mejor que se puede decir es que no queda claro si sabe a manzana o a pera.