• Historias de robots 4-80

    Hubo una vez un roboto que, acumulando átomos, se hizo grande.

    Siempre se habían reído de él en el colegio.

    —Eres más chiquitín que Hiperchiquitín.

    Y no tenían razón, pero eso les daba igual a ellos y, sobre todo, a él.

    Probó a engordar y no pudo. Comía pilas recargables, baterías de camiones, desechos radioactivos de centrales nucleares.

    En su desesperación, hizo caso al consejo del vecino:

    —Tienes que pisar estiércol para crecer.

    Y pisaba estiércol de vacas esféricas y no crecía.

    —Pues las plantas crecen con el estiércol. Será tu culpa.

    Sentía que era su culpa y más cuando se lo recordaba otro robot.

    —Tienes que desear crecer. —dijo un segundo vecino.

    Y lo deseaba tanto como le dejaban los circuitos de su cerebro.

    —Pues si deseas algo de corazón, siempre lo consigues. Será tu culpa.

    Sentía que era su culpa y también era su culpa no tener corazón.

    —Tienes que ir al gimnasio. —dijo un tercer vecino que parecía bien grandote.

    Y fue al gimnasio, pero no pasó nada.

    —Tío, tienes que ir al gimnasio y hacer lo que tienes que hacer.

    Y fue al gimnasio, y empezó a levantar hierros, y a levantar maracas, y a levantar a otros robots mientras éstos hacían press banca; pero no crecía.

    —Tú de cuerpo no vas muy sobrado, pero de cerebro… de cerebro… Bueno, no te preocupes: Nunca se te podrá estropear algo que no tienes.

    El roboto chiquitín estaba, cual pastor, muy desesperado.

    —Me dijiste que hiciese lo que tenía que hacer.

    —Sí, claro.

    —Y me he molido trabajando cada uno de los músculos mecánicos de mi cuerpo.

    —¿Qué dices? ¡Estás loco!

    El vecino entendió dónde estaba el problema.

    —A ver, tú vas al gimnasio, pero como quieres crecer, no te pones a trabajar tus músculos. Eso es de perdedores, de bobos. Tú llegas allí, le dices a alguno que quieres hacerte grande y sigues sus consejos.

    Así lo hizo.

    —¿Tengo que comer un batido de tuercas con esteroides? —preguntó al gurú de turno.

    —¿Esteroides? Tú eres tonto. Te he dicho batido de tuercas con asteroides. Como eres un renacuajo, empieza con polvo de asteroides y virutas de tuerca.

    Y empezó. Y se tomó sus batidos. Y todas las horas que estaba en el gimnasio, engullía batidos de tuercas con asteroides, tortillas de novas con proteínas de galaxia.

    Y empezó a crecer.

    Y siguió creciendo.

    Y se hizo más grande que el gimnasio.

    Y más que el pueblo…

    … el planeta,

    … el sistema solar,

    … el universo.

    Así fue como un roboto, acumulando átomos, se quedó sin sitio.

  • tontolito de amor 52

    Te escribiré un libro de retazos empalagosos, de retazos para tontolitos de amor.

    Y, al menos en uno, sonreirás.

    Serán estupideces, nuestras estupideces, más mías que tuyas. Y nadie más sabrá de qué van todas esas estupideces. Bueno, ni tan siquiera nosotros.

    Publicaré un texto sobre cómo nos conocimos, dónde nos conocimos, y cuándo nos conocimos. Tú dirás unas respuestas, yo diré otras, y todas estarán bien.

    Grabaré un vídeo con nuestro viaje hacia el futuro, paso a paso, año a año. Cada vez habrá más canas, menos pelo, más arrugas. Pero tú me seguirás mirando mientras hago las chorradas de siempre, cada vez más pato, cada vez más oso.

    Y, al menos en una, sonreirás.

    Porque te escribiré un libro de retazos para tontolitos de amor; para los dos tontolitos, juntos, junticos.

  • tontolito de amor 51

    ¡El penúltimo tontolito! ¡El penúltimo!

    Con lo que me ha costado escribir alguno de los anteriores, buscando historias extrañas como mis otros textos, pero no tan extrañas como para espantarte. ¡Y que fueran de amor! De amor extraño, pero de amor. Historias extrañas, pero bonitas, pero con un fondo de amor.

    Y llego al penúltimo y se me quedan fuera unas cuantas. Unas cuantas que no tejerán esta colección de retazos, que no vivirán en estos tontolitos de amor.

    Enciclopedias donde tus verbos saben a fresa, tus adjetivos a caramelo, y tus preposiciones a vainilla. ¿Y los sustantivos? ¡Ay, los sustantivos! Tus sustantivos me saben a chocolate relleno de frambuesa.

    Pero esa historia no estará aquí.

    Publicidad con la que buzonear nuestro pueblo anunciando: sofás en los que dormitar las películas de sobremesa; comida rápida entregada por repartidores en horda; pintores de uñas que colorean el universo.

    Pero esa historia no estará aquí; esas historias no estarán aquí. Quizá estén en otro libro de retazos, quizá incluso llenen los buzones de nuestro pueblo.

    Quizá.

    O no.

    ¡El penúltimo tontolito! ¡El penúltimo! ¡Y ya ha terminado!

  • tontolito de amor 50

    Escribiré relatos de robots, para robots, para nosotros; los escribiré durante más de un año.

    Y todos empezarán igual, o casi:

    Hubo una vez un roboto que…

    Y todos terminarán igual, o casi.

    Hablarán de máquinas, pero de amor; de máquinas, pero de esos sentimientos que tenemos los robots y que también dicen que tienen algunos humanos.

    Y de aventuras, y de fracasos, y de universos que se expanden para dejarnos más espacio.

    Hablaré de Malvadón de Sigma engañando a bobos; de la Marquesa del Amperio haciendo malabares; y, quizá, también hable un poco del Príncipe Relámpago. Quizá, no es seguro.

    Escribiré relatos de robots, para robots, para nosotros; los escribiré tal como los he escrito durante más de un año.

    Y todos empiezan igual, o casi.

    Y todos terminarán igual, o casi.

    O casi.

    Porque…

    Porque…

    Habrá uno distinto, uno que, siendo nuestras palabras, dirá:

    Así fue como un roboto, en un veintiuno, encontró a la robota de su vida.