• Historias de robots 4-15

    Hubo una vez una robota que, inventando robots, inventó una profesión.

    Ha habido muchos tipos de robots. Muchos. Según su forma, su propósito, su capacidad de raciocinio.

    Pero casi todos eran como son en el Mundo de las Ideas de Platón, situado en el Multiverso 7, Callejón de las Afueras S/N.

    Es decir, seres metálicos que hacen bip-bip cuando se emocionan.

    Y en esas, una robota tuvo un sueño.

    Había unos robots que no eran como robots, pero estaban hechos como los robots. Vivían fuera de las fábricas, saltaban vallas, y se alimentaban de los brotes de electricidad estática de los prados.

    —Serán ovejas, ovejas eléctricas. —declaró la robota en ese mismo sueño sin saber lo que eran las ovejas.

    En cuanto se despertó, hizo unos seres tal como había soñado.

    La siguiente noche soñó con unos robots que no eran robots y corrían por los prados, saltaban arbustos, y protagonizaban anuncios de robots que buscan la libertad.

    Y, en cuanto se despertó, hizo a los:

    —Totones.

    Más adelante fueron reetiquetados como “caballos” por sus melenas al viento.

    Y soñó cabras, caracoles, osos panda, diplodocus y un par de bichos-cosa.

    En unas cuantas noches de sueño y unos cuantos días de trabajo, nacieron decenas de robots no-robots.

    —Un mecánico normal no sabrá arreglar sus cuerpos; un ingeniero normal no sabrá reparar sus almas.

    Y decidió que ella sería la primera en curar a las criaturas que había creado.

    Así fue como una robota, inventando unos robots, se hizo veterinaria.

  • Historias de robots 4-80

    Hubo una vez un roboto que, acumulando átomos, se hizo grande.

    Siempre se habían reído de él en el colegio.

    —Eres más chiquitín que Hiperchiquitín.

    Y no tenían razón, pero eso les daba igual a ellos y, sobre todo, a él.

    Probó a engordar y no pudo. Comía pilas recargables, baterías de camiones, desechos radioactivos de centrales nucleares.

    En su desesperación, hizo caso al consejo del vecino:

    —Tienes que pisar estiércol para crecer.

    Y pisaba estiércol de vacas esféricas y no crecía.

    —Pues las plantas crecen con el estiércol. Será tu culpa.

    Sentía que era su culpa y más cuando se lo recordaba otro robot.

    —Tienes que desear crecer. —dijo un segundo vecino.

    Y lo deseaba tanto como le dejaban los circuitos de su cerebro.

    —Pues si deseas algo de corazón, siempre lo consigues. Será tu culpa.

    Sentía que era su culpa y también era su culpa no tener corazón.

    —Tienes que ir al gimnasio. —dijo un tercer vecino que parecía bien grandote.

    Y fue al gimnasio, pero no pasó nada.

    —Tío, tienes que ir al gimnasio y hacer lo que tienes que hacer.

    Y fue al gimnasio, y empezó a levantar hierros, y a levantar maracas, y a levantar a otros robots mientras éstos hacían press banca; pero no crecía.

    —Tú de cuerpo no vas muy sobrado, pero de cerebro… de cerebro… Bueno, no te preocupes: Nunca se te podrá estropear algo que no tienes.

    El roboto chiquitín estaba, cual pastor, muy desesperado.

    —Me dijiste que hiciese lo que tenía que hacer.

    —Sí, claro.

    —Y me he molido trabajando cada uno de los músculos mecánicos de mi cuerpo.

    —¿Qué dices? ¡Estás loco!

    El vecino entendió dónde estaba el problema.

    —A ver, tú vas al gimnasio, pero como quieres crecer, no te pones a trabajar tus músculos. Eso es de perdedores, de bobos. Tú llegas allí, le dices a alguno que quieres hacerte grande y sigues sus consejos.

    Así lo hizo.

    —¿Tengo que comer un batido de tuercas con esteroides? —preguntó al gurú de turno.

    —¿Esteroides? Tú eres tonto. Te he dicho batido de tuercas con asteroides. Como eres un renacuajo, empieza con polvo de asteroides y virutas de tuerca.

    Y empezó. Y se tomó sus batidos. Y todas las horas que estaba en el gimnasio, engullía batidos de tuercas con asteroides, tortillas de novas con proteínas de galaxia.

    Y empezó a crecer.

    Y siguió creciendo.

    Y se hizo más grande que el gimnasio.

    Y más que el pueblo…

    … el planeta,

    … el sistema solar,

    … el universo.

    Así fue como un roboto, acumulando átomos, se quedó sin sitio.

  • tontolito de amor 52

    Te escribiré un libro de retazos empalagosos, de retazos para tontolitos de amor.

    Y, al menos en uno, sonreirás.

    Serán estupideces, nuestras estupideces, más mías que tuyas. Y nadie más sabrá de qué van todas esas estupideces. Bueno, ni tan siquiera nosotros.

    Publicaré un texto sobre cómo nos conocimos, dónde nos conocimos, y cuándo nos conocimos. Tú dirás unas respuestas, yo diré otras, y todas estarán bien.

    Grabaré un vídeo con nuestro viaje hacia el futuro, paso a paso, año a año. Cada vez habrá más canas, menos pelo, más arrugas. Pero tú me seguirás mirando mientras hago las chorradas de siempre, cada vez más pato, cada vez más oso.

    Y, al menos en una, sonreirás.

    Porque te escribiré un libro de retazos para tontolitos de amor; para los dos tontolitos, juntos, junticos.

  • tontolito de amor 51

    ¡El penúltimo tontolito! ¡El penúltimo!

    Con lo que me ha costado escribir alguno de los anteriores, buscando historias extrañas como mis otros textos, pero no tan extrañas como para espantarte. ¡Y que fueran de amor! De amor extraño, pero de amor. Historias extrañas, pero bonitas, pero con un fondo de amor.

    Y llego al penúltimo y se me quedan fuera unas cuantas. Unas cuantas que no tejerán esta colección de retazos, que no vivirán en estos tontolitos de amor.

    Enciclopedias donde tus verbos saben a fresa, tus adjetivos a caramelo, y tus preposiciones a vainilla. ¿Y los sustantivos? ¡Ay, los sustantivos! Tus sustantivos me saben a chocolate relleno de frambuesa.

    Pero esa historia no estará aquí.

    Publicidad con la que buzonear nuestro pueblo anunciando: sofás en los que dormitar las películas de sobremesa; comida rápida entregada por repartidores en horda; pintores de uñas que colorean el universo.

    Pero esa historia no estará aquí; esas historias no estarán aquí. Quizá estén en otro libro de retazos, quizá incluso llenen los buzones de nuestro pueblo.

    Quizá.

    O no.

    ¡El penúltimo tontolito! ¡El penúltimo! ¡Y ya ha terminado!