• 21

    Al escuchar dos palabras, se le oye coger aire, mantenerlo un par de pulsos de su corazón, y soltarlo.

    En mi patafísica y rimbombante incontinencia verbal, quedaría cristalizado en grandes sentencias esplendorosas tales como las siguientes: Su cuerpo inspira el aroma del universo que le rodea para, tras insuflar su destino con el aire cálido que hará elevar su cometa navegando por los cielos del cariño, soltarlo en una brisa que colorea un mundo engrisecido en maletas que, de no ser por su existencia, hubieran esperado un viaje a cualquiera otra parte.

    Ella diría que ha suspirado.

    Eh así aunque sea más que ese “eh así”. En ese “eh así” en el que caben sus miles de nombres para referirse a su único nombre; patatas bravas con salsa agridulce que sorprenden a todos mis amigos de la hostelería; montones de números 21, 26 y 28 que puestos en las agendas no significan nada; paseos kilométricos en los que los zapatos y camisas se han perdido tras los arbustos de las carreras del Belén; ópticas donde se encuentran personas y se venden ordenadores de color champán; un robot articulado que viaja de un lado a otro del universo al que, en los libros de gestas, llaman Roci; suspiros que albergan suspiros con siete oraciones hechas en siete actos.

    Suspiros que ella resume en un suspiro.

    Tras decirle dos palabras, le oigo coger aire, mantenerlo un pulso de mi corazón, y soltarlo. Sonrío

  • retazo26

    Un ser blando, flexible, húmedo y oscuro encuentra la luz, la sequedad, la rigidez y la dureza que hay y ha habido fuera de él. Se topa, de repente, con lo que siempre se le había negado, maravillándose y sintiéndose libre por poder alcanzar lo prohibido. Pero la dureza le hace ser menos blando; la rigidez, menos flexible; la sequedad, menos húmedo; y la luz, la luz que ilumina todo lo que está descubriendo, le hace daño en sus ojos acostumbrados a la oscuridad.

    Todo ha cambiado, todo es distinto. Al sentir esas nuevas sensaciones en él, se reencuentra con el ser duro, rígido, seco y luminoso que siempre ha habido en su seno, el que ha tenido que ser duro porque cualquier blandura se le tenía prohibida; el que ha tenido que ser un rígido autómata porque la flexibilidad indicaba cobardía; el que ha tenido que secar sus entrañas porque por sus venas no podía correr ningún sentimiento; el que ha tenido que ser luminoso aun cuando en él sólo había tormentas; aquel que aún no ha podido huir de la obra escrita igual que sí mismo.

    De nuevo, todo ha cambiado, todo es distinto. Una sensación lo inunda todo, una sensación de oscuridad cálida que mece su ser al ritmo del tambor del universo.

  • retazo25

    En su memoria guarda flores translúcidas y coloridas de hechos pasados, presentes en sus ojos cuando piensa en sí, en lo que quiere en su ramo.

    Una flor cuyos pétalos están formados por las galletas rectangulares que mojaba en un vaso largo de leche fría. A veces, los pétalos se iban amontonando en la leche, convirtiéndola en un puré marrón al que daba vueltas con una cucharilla para, cuando se había adquirido la textura adecuada, comerlo sin dejar nada.

    Otra flor cuyo olor es frío, de casa cerrada, con un ligero aroma a pan de pueblo. Un olor que le daba la bienvenida al verano y a la casa en la que pasaría sus vacaciones. El que le esperaba cuando volvía de recoger moras de las zarzas, el que se mezclaba con el susurro continuo del río que pasaba a su lado.

    La flor cuya esencia está rellena de flores sobre papeles y picnics bajo la lluvia. De una pequeña flor nacida entre mantas y baldosas, adornada con un marcador que cuenta las alegrías y tristezas vividas en el camino a un lejano pueblo que se encuentra a cinco minutos de distancia.

    Con ellas y con otras pocas, ha ido creando un ramo de flores no comestibles que guarda consigo hasta que se le borre la memoria.

  • retazo24

    Elefantes rodantes de metal avanzan hacia él mientras, en su cerebro, se activan las señales eléctricas de una advertencia:

    –Si una manada de elefantes furiosos se cruzan en tu camino, apártate.

    Los elefantes continúan avanzando, rodando inmensas moles de metal grisáceo, estriados en negro por las juntas de unión de los distintos miedos que los han creado.

    Están a punto de chocar contra él, con un ruido ensordecedor en su entorno, con un peso que aplastará cualquier vana resistencia.

    Los elefantes continúan y continúan rodando ladera abajo sin haber golpeado nada, sin haber destruido nada; han pasado entre él convertido en una boira que nada contiene.