Etiqueta: retazos

  • retazo58

    -El amor es como el chocolate: Aquellos que dicen amarlo prefieren echarle toneladas de azúcar para intentar ocultar su amargura.

    Un galán maldito en una película de época. En una película de esas que necesitas alguna carrera universitaria para entender, al menos, su título.

    Una damisela cariacontecida, aplastada por el peso de la vida y no por el deseado peso de su galán maldito y rebelde, una pobre muchacha con insomnio que iba en busca de su sueño:

    -Ya lo sé. Amar, amargura, para mí son palabras que significan lo mismo. Yo lo sé.

    Cogidos de la mano ante una sociedad que no los comprende, que no entiende ese amor tan amor que hay en ellos. Cogidos de la mano mirando a una cámara que captura en alta definición todo su sufrimiento, cada onza de dolor que supura en estéreo por sus labios.

    Pero todo da un giro con muchos grados de alcohol, no de unos míseros 360, sino de unos rutilantes y novedosos 540 para conseguir una película con un romanticismo al cuadrado: romanticismo sufriente, del que lucha para perder contra un mundo injusto e inmisericorde; romanticismo acaramelado, del que cree que el amor superará cualquier dificultad que se le oponga.

    El galán maldito, rebelde y científico revolucionario le presenta a su amada la ecuación que les permitirá convertir el vino en edulcorante acalórico, para endulzar su amor sin tener caries de las que preocuparse, para embriagarse con la pasión sin subidas de azúcar que les nuble la mente.

    El galán y la damisela se funden en un abrazo flamígero como figuras de chocolate.

    Fin.

  • retazo57

    Me he tomado tus palabras como medicina para mi enfermedad.

    Me has dado los “buenos días” y, para mí, se han transformado todos mis días en buenos, los días de ayer, los días de hoy, los días de mañana.

    No has dicho nada más.

    Como en una avalancha, todo mi pasado se ha cubierto de capas de algodón de azúcar, anestesiando cualquier recuerdo que intente cuestionar que sucedió en un “buen día”.

    Mis horas, minutos, segundos del presente son ladrillos que van levantando una ciudad donde todo funciona, donde nadie sufre, donde tú te sientas a mi lado en un banco del parque.

    Lanzadas al espacio, las naves del tiempo me llevarán a un futuro donde no habrá que alcanzar angustias disfrazadas de deseos, ni miedos reconvertidos en pasiones.

    Recuerdo nuestro presente de ayer, hoy y siempre sentados en un banco del parque. Recuerdo ese banco, aunque no estemos en él. Con la sonrisa que nace de ese parque, te contesto:

    -Buenos días.

  • retazo56

    Se ha puesto el sombrero de capitán de mazapán, se ha puesto el catalejo engastado en su ojo despistado mientras su barco, hecho con palotes de regaliz dulce, navega sobre un mar de chocolate fundido. En el fondo del cielo de tocino de cielo hay dibujado un corazón con virutas de fresa. Allí está su destino, donde le guían las estrellas de turrón de coco.

    Un coconauta le podrían llamar si utilizase más su imaginación o si aceptase el origen de sus átomos, pero en nada de ello se ejercita, prefiriendo nadar en un océano de chocolate fundido, con caracolas de huesos de santo y ballenas de algodón de azúcar.

    Vuelve a su timón de bizcocho relleno de frambuesa para dar un giro a su glucémica vida: Con el catalejo de masa quebrada, saborea la imagen de una isla de granizado de limón en un banco de sirope de menta radioactiva. Y hacia allí va, con su voluntad forjada en guirlache, con una determinación a la que nunca podrá amargar un dulce.

    Sobre una isla de granizado de limón, rodeado por sirope de menta radioactiva, las virutas de fresa caen formando un corazón en sus manos.

  • retazo55

    Se engancha su falda en la silla al igual que se ha quedado enganchada su alma al discutir con ella. Ahora es fácil saber que no debe tirar para no rasgarla, pero antes ha tirado de su lengua hasta que sus almas se han rasgado. Y, ahora, le duele.

    Se arrepiente de haberse enfadado con esa cabezona que es tan cabezona como ella, de esa orgullosa que es tan orgullosa como ella, de esa tonta que, con dulzura reconoce, es tan tonta como ella. Y, ahora, se enfada con ella misma en vez de estar enfadada con ella otra.

    Bueno, sigue enfadada con esa petardilla, pero, menos; sabiendo cómo es, no debería haber dicho eso; o quizá sí, pero de otra manera, con otras palabras. Se enfada por estar enfadada con ella, y por enfadarse con ella misma por haberse enfadado con ella otra, y por enfadarse en un bucle del que no tiene un mapa para encontrar la salida.

    Con tantas vueltas, se marea. Se marea, se sienta, y suelta su falda con su mano, y suelta su alma con su lengua:

    – Tata.