Etiqueta: tontolitos

  • tontolito de amor 41

    Cuando nos levantemos, encenderé la luz para que puedas ver. Encenderé la luz de la habitación hasta que subas la persiana, mires fuera y me mires a mí porque se me habrá olvidado de nuevo.

    Y haré amanecer el día. O anochecer; lo que desees. Mejor un mediodía que así sólo tendré que colocar un gran punto de luz en mitad del cielo y me podré olvidar del resto de estrellas.

    Cuando salgamos a la calle, seguiremos estando de día o, si te hace ilusión, de noche con las farolas encendidas y las luces de Navidad puestas, aunque estemos en julio. Total, cada año la Navidad empieza antes.

    Además, dando gracias a la contaminación lumínica, seguiré sin colocar las fastidiosas estrellas.

    Y si no es demasiado, y si tú quieres, también encenderé a las máquinas y a los humanos, no como hogueras, sino como compañías para nuestro viaje.

    Encenderé el mundo por ti, pero eso será cuando nos levantemos.

  • tontolito de amor 40

    Un día me puse a hacer tiempo y lo hice.

    Tiempo para pasear con un churro de chocolate en una mano y la tuya en la otra, mientras nos encienden las luces de Navidad y nos preparan el belén.

    Tiempo de sofá bajo una manta, con una serie puesta de fondo, mientras nuestras neuronas dormitan para sintonizarse con la complejidad de la trama.

    Tiempo de lluvia para mirar por la ventana, tiempo de nieve para construir un moñaco.

    Tiempo con sus segundos, sus minutos, y sus años.

    Un día me puse a hacer tiempo y, tras hacerlo, lo viví a tu lado.

  • tontolito de amor 39

    Porque los guardo para tenerte cerca, para estar siempre a tu lado.

    Cristobal Colón es tu pelo; Benito Pérez Galdós son tus ojos.

    Dirán que sale un científico en mitad de uno de sus experimentos vitales, pero eres tú haciendo macarrones antes de irnos a una excursión bajo la lluvia.

    O una escritora recitando sus memorias olvidadas, pero eres tú leyendo mi lista de la compra que es la misma desde hace años.

    Veo un pingüino en un billete de Nueva Zelanda y me acuerdo de ti; veo un sombrero en un billete mexicano y me viene a la cabeza una boina. Naranja, en concreto.

    Ni un alce bielorruso, ni un koala australiano.

    Porque el alce no es un alce, sino el reno de mentira que arrastraba un trineo de mentira en aquel pueblo de mentira que visitamos.

    Y el koala, ése que está viendo a otro medio colgado, los dos sabemos que eres tú riéndote cuando yo no sabía bajar del árbol.

    Dirán que el dinero no compra la felicidad y seguramente sea cierto, pero éste no es el caso.

  • tontolito de amor 38

    No se me ocurre qué escribirte.

    No tengo ni idea.

    Qué podría decirte para que te hiciese gracia, no en plan carcajada de pata loca, sí como parte de una sonrisa esbozada.

    No tengo ni idea.

    Despedí a todos mis guionistas y aquí me tienes, sin ideas, sin recursos, sin nada preparado para alegrarte la cara.

    La cara, y el resto de la cabeza, y quizá un músculo del cuello, un lunar de tu hombro, y tres átomos de tu escápula.

    Los despedí por ahorrarme una perras y así invitarte a unos bocadillos, a un arroz tres delicias, y, por supuesto, a unas patatas.

    Por supuesto a unas patatas. Y a dos patatas. Y a tres raciones de patatas dobles, combinadas todas ellas con una ración extra de… patatas.

    No se me ocurre qué escribirte, pero sé que ya te he alegrado la cara, no por lo que ahora te escribo, sino porque al sonreír siempre decimos:

    —Otra ración más de pa-ta-tas.