Etiqueta: retazos

  • retazo38

    En guerra. Estoy en guerra. La guerra que intenté buscar, sentir, olvidar en Expedición. En este mismo momento, estoy en guerra. Lanzo mis balas mentales contra ese dolor continuo que me causa tal o cual estupidez que no logro erradicar de la mente de mí, de esta o esa persona. ¿Cómo pueden porfiar en su equivocación? ¡Es que es inconcebible! Racionalmente, contrastando lo que defienden con los fríos datos, es imposible que nadie pueda pensar eso, cómo…

    Suena el metrónomo. Un pulso por minuto. La señal que cada minuto me recuerda que piense en qué estoy pensando. Y pienso que vuelvo a estar en guerra, machacando mi cabeza con pensamientos a martillazos, intentando salvar a personas que no quieren ni necesitan ser salvadas, que son más inteligentes que yo, que tienen más formación que yo, que han conseguido más éxitos que yo, y, viendo todo eso, me supera que piensen lo que piensan. Pero, quizá, si son así y piensan eso será por algo, y no reparo en que mi maldita soberbia me lleva a intentar salvar a alguien que se puede salvar por sus propios medios o, humildemente, saben que no hay salvación alguna. En serio, otra vez con lo mismo. ¿Cómo no aprendo? ¿Cómo sigo con lo mismo? ¿Voy a parar de hacerlo alguna vez?…

    Suena el metrónomo, suena la señal de alarma: Acepto que vuelvo a estar en guerra conmigo mismo, pero me noto más calmado que hace hace varias señales; sin duda, cuantas más señales van pasando, con mayor tranquilidad me tomo que siga buscando estar en una guerra continua. Comprendo que ellos tienen su vida, comprendo que mi mente intente salvarlos de los peligros que ella se inventa; lo comprendo, vuelvo a comprenderlo como lo he comprendido siempre, pero, esta vez, con una respiración de cariño en mi alma.

    Suena el metrónomo.

  • retazo37

    Imagino esferas de energía en mis manos y mis pies, de las que salen halos que suben, por mi cuerpo, hasta mi cabeza. Vaporosas y brillantes esferas que, tras ganar realidad en mi imaginación, van ganando peso en mi realidad.

    A los pocos segundos, empiezo a notar que mis manos y mis pies nadan en un fluido que es el aire, moviéndose en corrientes invisibles encerradas en conductos invisibles, desplazándose sin fricción alguna.

    Mis esferas son motores que me permiten descansar en el movimiento, abandonarme en el movimiento, para mecerme en una cuna cuyos mimbres son corrientes invisibles y sus sábanas el aire que envuelve mi cuerpo.

    Un aire que está fuera y dentro de mí: Mi respiración se acompasa a mi pie derecho, soltando el aire cada cuatro apoyos, cogiendo el aire cada cuatro apoyos. Nada más existe. Una respiración que anda siguiendo el movimiento creado por cuatro esferas de una energía imaginaria.

  • retazo36

    Camino hacia Marte, subiendo junto a sargantanas por las paredes donde se refleja la luna. Levanto la cabeza para otear un sendero en el éter que me conduce hasta un planeta convertido en una luz roja. ¿Por qué la luz roja? ¿Será un faro para los viajeros que intentan evitar las rocas causantes de los naufragios del alma? ¿Será una advertencia para recordar los peligros del vacío que hay entre los planetas que hay entre nosotros? ¿O un prostíbulo, tal vez, donde alquilar nuestras vidas y nuestros planetas a cambio de un vacío que no nos llena?

    Ni sé ni me importa cuál de ellas es la razón por la que Marte está transformado en un luz roja que me guía. Las ventosas de mis manos se agarran al cristal del mimo que forma una escalera hasta el cielo de mis ojos. Subo. Subo viendo volar por el horizonte a leones trastocados en perros con cara de payaso, de la correa de una Cibeles que llega tarde a la reunión de dioses anónimos abandonados por sus devotos. Subo. ¿Y cuál es el sentido de querer llegar a Marte? ¿Acaso me espera allí un restaurante que resuelva todos los sueños de mi estómago?

    Camino hacia Marte por un cielo de colores estrellado, viajando a su lado para leer mi camino en ellas.

  • retazo35

    Mi yo docto, el guía que saca a mi pobre yo ignorante de su propia mediocridad, sonríe. Aquel que le dice a éste:

    –Sois mediocres. Los otros yo sois mediocres; y yo os lo digo porque gastáis vuestras míseras vidas mediocres en porfiar en ser mediocres.

    Y mi yo espectante, el que quiere ser dominado por ese faro de luz que es mi yo docto, dice:

    –¡Es verdad!

    Mi yo docto suelta mis prejuicios enlatados en figuras de pensamiento ultra superiores, mis prejuicios deconstruidos por el pensamiento racional y el estudio de lo dicho por las grandes mentes del pasado, sentando cátedra sobre todo y todos.

    Y mi yo espectante ríe ufano porque sabe que su faro vital, su demiurgo de lo mundano, tiene razón.

    ¡Qué espectáculo tan repetido y patético! Pero, incluso ante ese espectáculo repetido y patético, siento aún más ternura por esos otros yo que habitan tanto éste como otros cuerpos.