Etiqueta: retazos

  • retazo 72

    Quizá era defectuoso, quizá estaba pasado de moda, pero su vida ya no se escribía en presente.

    El jefe del Gobierno había llamado al jefe de la oposición, también al Gran guardián de la moral verdadera, también al creador de las Visiones.

    -Esto es lo que hay – Fueron sus últimas palabras.

    Y, como sucedía cada vez, así empezó ese giro de la rueda.

    Un don nadie hasta ese momento surgía de la nada para abrir todas las Visiones, todas las recomendaciones morales, todas las intervenciones políticas.

    Las Visiones nos mostraban cuál era el drama de un don nadie que ahora era un Señor Don Alguien, de los Alguien de toda la vida. Imagen a imagen, gota a gota salpicando sobre la pantalla, desde su guión, sobre nuestra alma.

    Los guardianes de la moral verdadera mantenían incendios que quemaban cualquier duda sobre la injusticia que soportaba nuestro Hermano Alguien, ese hermano que era más de bueno y más de débil que nosotros.

    Los políticos se dedicaban a discutir por quién entendía mejor al Ciudadano Alguien, por quién podía plantear soluciones cada vez más definitivas, por quién derrotaría la injusticia que asolaba a nuestro pobre compañero.

    Y de repente, cuando toda nuestra existencia giraba en torno al Señor Don Alguien, éste se volvía a transformar en un don nadie, del que nadie hablaba, al que nadie interesaba, al que nadie recordaba.

    Unas veces era porque ya se había conseguido el objetivo de esa campaña y ese don nadie, tras servir como emblema de un bien mayor, era enviado con sus miserias, las mismas miserias que había tenido siempre, al fondo más fondo del cuadro.

    Otras veces se debía a que el responsable de calidad de la línea de montaje, descubría un error de diseño y que, por tanto, el producto lanzado al mercado social “don nadie sin importancia modelo 99989898933” era defectuoso y podía dañar la campaña para la que había nacido.

    Sea como fuere, el jefe del Gobierno había llamado al jefe de la oposición, también al Gran guardián de la moral verdadera, también al creador de las Visiones.

    -Esto es lo que hay – Fueron sus últimas palabras.

    Y, como sucedía cada vez, así terminó ese giro de la rueda.

  • retazo 71

    Siempre he querido tener un amigo llamado Chicho Pachucho, que estuviera a mi lado, a veces, pachucho, pero no muy pachucho.

    Me lo imagino cambiando de planta en planta, a mi lado.

    Coincidiendo conmigo en las salas individuales acristaladas del hospital materno-infantil, comiendo conmigo en esos absolutamente asquerosos y horribles, y vomitivos y malvadamente malvados platos hondos, de cristal transparente, con marcas en forma de pétalos superpuestos en los bordes.

    Me lo imagino comiendo conmigo para poder decirle que aquella eterna papilla verde, que unos llamarán puré y los más selectos llamarán vómito de zombie, para decirle que aquella maldición no newtoniana creada para torturar a cualquier persona que tuviera un ligero gusto en su boca, era una puta mierda y punto.

    Me lo imagino cambiando de planta en planta, a mi lado.

    Estando conmigo en la planta 13, habitación 13, en la planta de infecciosos, con una habitación individual que no podría recorrer porque, tras intentar levantarme varias veces, comprendería que, cada vez que me levantase, me caería. Que ya no era descendiente del Homo Erectus, sino del Homo Tumbadus, por lo que mi sitio sería la cama y ningún otro. Y se lo explicaría a mi amigo Chicho Pachucho.

    Conmigo cuando el médico me hiciera llevar mi dedo hasta el suyo. Lo que para mí sería una perfecta línea recta, a los ojos del resto y de la realidad, sería el recorrido de una etapa ultramítica de ciclismo con el Gavia en un día cualquiera de junio, en un junio cualquiera de 1988.

    Me lo imagino cambiando de planta en planta, a mi lado.

    Me gustaría tener un amigo llamado Chicho Pachucho, y que estuviera conmigo aunque fuese imaginario.

    Me gustaría tener un amigo llamado Chicho Pachucho, y que estuviera conmigo cuando deje cualquier planta para irme a otro lado.

  • retazo 70

    Me hubiera encantado tener una amiga llamada Raquel Chispita. Es así.

    Cuando pensamos cómo sería esa persona ideal que falta en nuestra vida, siempre elegimos una quimera que nos llene algún vacío. Que nos llene el vacío del amigo perfecto, de la pareja perfecta, del yo perfecto.

    En mi caso, y en el de todas las personas de bien, el modelo de amistad es Raquel Chispita.

    Me la imagino con sus descuentos en el tren de la bruja gracias al imperio del entretenimiento levantado por su abuelo, Mariano Chispita, de los Chispita de toda la vida de Monzalbarba.

    Me la imagino como una pionera de la electricidad, con sus cables, sus descargas, sus tarifas de bajo consumo; como el vivo reflejo de su tía bisabuela segunda, Alexandra Tsispitova, la universalmente famosa Zarina de los electrones y leptones varios.

    Raquel siempre sería la chispa de toda reunión, aunque saltasen chispas por sus pasiones tormentosas, aunque estuviese un poco achispada por su estudio sistemático de las bondades del pacharán.

    ¿Quién podría no dejarse conducir por su energía, quién en su sano juicio podría ser aislante a su electricidad?

    Sí, me hubiera gustado tener una amiga llamada Raquel Chispita y que ella fuese un relámpago que surcase el cielo de mi vida.

  • retazo 69

    Se ufanaba:

    -Como yo no hay nadie.

    Hablaba y hablaba de sus grandes historias, de sus grandes hazañas.

    En una pequeña garita perdida de una frontera lejana cualquiera.

    -Pues hice esto, que es un gran esto, y no hay duda en esto. No todos pueden conseguir ese esto tan esto como el esto que conseguí yo.

    Se relamía cada una de las circunvoluciones de su cerebro, saboreando la dulzura de sus propias e inigualables ideas.

    En una maldita garita perdida de una frontera desierta cualquiera.

    Y hablaba y hablaba.

    Sellando los documentos.

    Y le hablaba y le hablaba.

    Devolviendo los documentos.

    Y seguía hablando a nadie cuando él cruzó la lejana frontera cualquiera y dejó atrás para siempre la maldita garita pequeña.