Etiqueta: retazos

  • retazo 76

    En la noche de su cincuenta cumpleaños, nuestro héroe tiene ante sí una misión imposible; bueno, quizá no tan imposible para unas personas normales, pero sí para alguien tan, tan, cómo decirlo, tan como él.

    Veinte años atrás, en la inconsciencia etílica posterior a la entrada en su tercera década, cuando el alcohol nos lanza a abrir la boca más allá de lo sensato, nuestro héroe, o nuestro pobre diablo, había prometido que lo haría. Eso es. Lo haría si llegaba a los cincuenta, si su cuerpo tenía la capacidad de soportar sus excesos con la comida, el alcohol y las mujeres; y con el resto de cosas de relleno que hay en este mundo para acompañar a la comida, el alcohol y las mujeres.

    Se terminó de un trago su cubata y, para mostrarle a una hippie buenorra que no tenía miedo a nada en esta vida, firmó su sentencia:

    —Lo haré.

    “Lo haré”. Eso dijo. Eso recuerda, en la hora de su cincuenta cumpleaños, mientras mira fijamente lo que para alguien como él, para un hombre de pelo en pecho y barba cerrada, es el ataúd donde depositar su propio cuerpo.

    Lo que no recuerda es a la hippie. ¿Tenía un buen culo? ¿Buenas tetas? El alcohol había borrado casi toda esa noche, salvo lo que tendría que haber borrado: esas puñeteras palabras de bravucón.

    Delante de él estaba el resultado de los errores de su vida pasada, estaba lo que iba a arruinar cualquier tiempo que le quedase en este mundo, un lugar ahora transformado en un valle de lágrimas con muchos ríos de lágrimas y con muchos afluentes.

    Las palabras de la hippie vuelven a él, ni su cara, ni su culo, ni sus pechos:

    —¿Te atreverías a llevar una vida saludable? ¿Aunque seas un viejo de cincuenta años?

    Y el plato de brócoli que tenía en su mesa era su testamento tras sus malditas palabras:

    —Lo haré.

  • retazo 75

    Hoy es hoy. Y como hoy es hoy, no es ayer. Tampoco podemos afirmar que hoy es mañana. Bueno, lo podemos afirmar como podemos decir todo lo que queramos. Por bondad, o maldad, nos recuerdan que somos libres de decir, sentir, vivir lo que queramos.
    Tal vez.
    Hoy es un día. Otro día. ¿Hoy es otro día de nuestra vida? La respuesta corta es “no”; y la respuesta larga y puntillosa es “sí, pero no otro”.
    Ninguna vez volveré a vivir hoy. Para bien y para mal. Nunca volveré a vivir este día en el que quiero que pase rápido el tiempo porque lo que toca en la película de mi vida no me gusta; nunca volveré a vivirlo aunque me quiera quedar para siempre en él, para sentir lo que ahora siento, para quedarme en un bucle con tu mano en mi mano y tus ojos en mí.
    Del resto de mi vida, el día que seré más joven es hoy. Del resto de mi vida, el día que tendré más vida por delante es hoy. Ni ayer, ni mañana, ni cuando se cumplan todos mis grandes sueños y deseos. Nunca más seré más joven por muchos potingues que me eche en la cara y en el alma, por mucho que intente a los cuarenta -cincuenta-noventa-ciento+cuarenta vivir como viví cuando era joven.
    Ains, pero no.
    Un día menos para terminar el trabajo y tener vacaciones; un día menos en la cuenta del banco de nuestro vida. Lo primero suena bien; lo segundo, lo segundo…
    … sorpresa
    … rechazo
    … miedo
    … terror incluso cuando vemos que la cuenta decrece demasiado rápido.
    Hoy es hay. Aunque a veces la vida, pudiendo parecernos estúpida, lo escribe sin hache. Quizá los estúpidos seamos nosotros por entender nuestra vida por un “ay” que sólo está en un hoy. En todo caso, por mucha protesta y negación, hoy es lo que hay.
    En este trabalenguas de retazo, saludo a un yo futuro que lea esto para recordarle que “mi hoy no es su hoy”, ni es el de ninguno de mis otros “yo” del futuro, del pasado o de otra realidad que no ha llegado a ser parte de mi vida.
    Hoy es hoy. Y nada más.

  • retazo 74

    Se había producido un milagro.

    Así fue.

    Hasta un minuto antes, todo había estado bien. Más que bien, todo había estado perfecto, sin problemas, sin ansiedad, sin zombies cabalgando hipocampos encocados, cabalgando por las avenidas donde se acumulaban los cadáveres de ángeles caídos.

    Es más, un minuto antes no existían zombies, ni los hipocampos esnifaban coca para aguantar su maldito trabajo, ni tan siquiera había una calle en ese pueblo que se pudiera parecer a una avenida, ni tan siquiera a una avenida de segunda o a una parusía callejera.

    Porque hasta un minuto antes, todo estaba bien, maldita sea. Lo decían todos.

    Tenía que ser cierto.

    Bueno, quizá no todos, pero sí todos los que de verdad sabían la situación y tenían un mínimo respeto por la realidad, la bondad y el amor humano al ser humano humanista.

    ¿Que había cambiado en ese minuto? ¿Qué había cambiado tras empotrarse la realidad contra un muro completamente distante, ecpático y rígido cual muerto?

    ¿Qué había cambiado en el mundo? Exteriormente, nada. Todo seguía igual.

    Sin embargo, ahora, todos los que habían mantenido la decencia y la compostura empezaban a compartir sus rumores ultraconfirmados, requeteconfirmados.

    Porque, claro, ahora, todos los que habían mantenido la serenidad y el buen hacer tenían su propio rumor.

    Estaba demostrado que el Quinto Barbo del Apocalipsis iba en una canoa embrujada descendiendo por el Ebro. Tal cual.

    Había pruebas irrefutables sobre la existencia de espíritus infernales jugando a la petanca. Era evidente.

    El primo de un amigo de un vecino de uno del pueblo lo había visto todo y era horrible. 1000% real.

    Sin embargo, todos los que habían dudado, mostrando su indecencia y su poco respeto con el civismo moderno, sin cambiar absolutamente en nada sus actos o sus palabras, eran ahora los seres más sosegados de todos los que allí había.

    Así fue.

    Se había producido un milagro.

  • retazo 73

    Los maniquís están con las palmas paralelas al suelo, estiradas, dispuestos en formación. En un momento iniciarán el despegue.

    Los clientes mirarán asombrados a la nueva fuerza aérea de la moda. Volarán por encima de nosotros para mostrarnos lo que es correcto llevar: Ya no habrá mangas que se quedan cortas, habrá mangas francesas; ya no irás como un pordiosero con tus camisetas rotas, tus pantalones rotos, tus bolsillos rotos porque serás el último grito de lo cuqui.

    Están con sus palmas paralelas al suelo esperando a que alguien diga la cuenta atrás.

    Impulsados con su arte nos mostrarán que esa ropa deportiva horrorosa que guardabas de tu adolescencia es ahora lo más molón; y no importará que, sólo hace dos semanas, esos mismos maniquís voladores se burlasen del poco gusto de esa ropa de tirado, que llamasen a reciclarla para evitar la contaminación estética. Da igual porque, de verdad de la buena, ahora es lo más.

    Los maniquís voladores ponen sus manos paralelas preparándose para el despegue.