Autor: ref5504

  • retazo41

    Con la cabeza hundida hasta casi tocar su pecho, avanza dando brazadas de Gran Simio con un cigarro en la mano izquierda, levantando su periscopio cabeza un instante para confirmar que sigue la dirección adecuada. Se detiene en mitad del paso de cebra y olfatea en dirección al autobús que tiene justo en frente de él. No lo considera un peligro, al menos ahora que está parado.

    Lo miro desde mi asiento, en el único punto donde se cruzarán nuestras vidas.

    Cruza hasta el otro lado de la carretera donde hay un restaurante cutre al lado de un prostíbulo, y unos cien metros a la izquierda un restaurante para gente pudiente. ¿Dónde irá? ¿Qué irá a hacer? Podría fantasear sobre su vida y pensar que trabaja en uno de los restaurantes y, moviéndome de todo los prejuicios que cargo, decir que es el friega platos o el pinche o un mozo de carga y descarga. Ni idea. O quizá su destino sea el prostíbulo donde vaya para encontrar un chute de hormonas a cambio de dinero, o a encargarse de alguna tarea desagradable en una organización criminal.

    Como todas las personas con las que me encuentro, mis prejuicios, mis memorias, me hacen crearle un pasado y un presente dentro de mi universo. Lo hago cuando me cruzo con otra persona que no conozco o que conozco desde siempre.

    Al llegar al otro lado de la carretera, se enciende un cigarrillo y se queda mirando hacia la nada. Mi autobús se aleja hasta que ya no puedo verlo.

  • retazo40

    Muchas personas intentan hacerte pagar la factura de su sufrimiento. Incluso tú. Incluso yo.

    Vemos el mundo, vemos la vida, y el sufrimiento que nos causa debe pagarlo alguien, sea o no sea responsable, esté o no esté relacionado. Hay una factura; ha de haber un pagador.

    Empreñando a unos y otros para resolver nuestros dolores en una huida hacia un futuro que nos llene; o que, al menos, sustituya este presente que nos ahoga por otro presente que, viéndolo como liberador, será el mismo verdugo con la misma cara.

    Ese verdugo tendrá la misma cara, ese verdugo tendrá nuestra misma cara.

  • retazo39

    He aceptado vender mi alma para siempre, cosa que tampoco me parece muy mal teniendo en cuenta las circunstancias que se dan por ser una persona y vivir en este mundo. Lo que no me convence del todo es que no sé cuáles han sido las condiciones del contrato, ni a quién se la he vendido. Esa pequeña inquietud me molesta más que lo sustancial.

    Todo ha pasado como, por lo que comentan expertos, sucede en estos casos. Estaba inmerso en las Visiones cuando, para acceder a una de ellas, a una en la que un monje me iba a explicar los beneficios fisiológicos de una maravillosa y, lo más importante, muy remota técnica de curación de los dolores del alma, he empezado a aceptar un sinfín de condiciones y, por un instante, ha surgido una fugaz cláusula que he aceptado sin leer. Bueno, sí que la he empezado a leer, pero en el tránsito de llegar la información de mis ojos a mi cerebro y que éste la procesase, pues he dicho que sí, que adelante. No ha sido hasta unos segundos después que he caído en la cuenta de: “Usted acepta vender su alma a…”

    No recuerdo más del mensaje, nada. Me he quedado pensando en que la he liado de lleno, por lo que dicen los expertos en vender almas. Bufff, yo qué sé. Tampoco le he dado muchas más vueltas pues el monje ya había empezado su explicación sobre la técnica milenaria, arcana y accesible para cualquiera que contemplase la Visión, y yo ya no podía seguir pensando en minucias porque he de centrarme en lo importante de la vida: La salvación del alma.

  • retazo38

    En guerra. Estoy en guerra. La guerra que intenté buscar, sentir, olvidar en Expedición. En este mismo momento, estoy en guerra. Lanzo mis balas mentales contra ese dolor continuo que me causa tal o cual estupidez que no logro erradicar de la mente de mí, de esta o esa persona. ¿Cómo pueden porfiar en su equivocación? ¡Es que es inconcebible! Racionalmente, contrastando lo que defienden con los fríos datos, es imposible que nadie pueda pensar eso, cómo…

    Suena el metrónomo. Un pulso por minuto. La señal que cada minuto me recuerda que piense en qué estoy pensando. Y pienso que vuelvo a estar en guerra, machacando mi cabeza con pensamientos a martillazos, intentando salvar a personas que no quieren ni necesitan ser salvadas, que son más inteligentes que yo, que tienen más formación que yo, que han conseguido más éxitos que yo, y, viendo todo eso, me supera que piensen lo que piensan. Pero, quizá, si son así y piensan eso será por algo, y no reparo en que mi maldita soberbia me lleva a intentar salvar a alguien que se puede salvar por sus propios medios o, humildemente, saben que no hay salvación alguna. En serio, otra vez con lo mismo. ¿Cómo no aprendo? ¿Cómo sigo con lo mismo? ¿Voy a parar de hacerlo alguna vez?…

    Suena el metrónomo, suena la señal de alarma: Acepto que vuelvo a estar en guerra conmigo mismo, pero me noto más calmado que hace hace varias señales; sin duda, cuantas más señales van pasando, con mayor tranquilidad me tomo que siga buscando estar en una guerra continua. Comprendo que ellos tienen su vida, comprendo que mi mente intente salvarlos de los peligros que ella se inventa; lo comprendo, vuelvo a comprenderlo como lo he comprendido siempre, pero, esta vez, con una respiración de cariño en mi alma.

    Suena el metrónomo.