Autor: ref5504

  • retazo52

    Saluda, sonríe y saluda. Hola, hola, ¿qué tal? ¿todo bien? Saluda y sonríe, y pregunta sin intención de saber más de lo que le quieran contar, para no herir a los otros, para no tener que pagar posibles facturas de personas que se arrepientan de haber hablado demasiado.

    Hola, ¿todo bien? Y así lo desea. Hola, ¿te puedo ayudar? Ofrece su mano con sinceridad, pero evitando que sea tomada como un futuro seguro más allá de ese momento. Y, a veces, ayuda; y, a veces, la lía más de lo que ya estaba liada.

    Saluda y sonríe aunque, en ocasiones, tampoco le apetezca hacerlo mucho pues aguaceros en cascada intentan llenarle en alma. Pero saluda y sonríe. Sobre todo, sonríe. Parece que se ha cubierto los labios con tripis, que se ha fumado todas las hierbas encontradas en su camino, buenas y malas.

    Saluda hasta a las piedras, incluso dos veces. Aunque no le contesten, aunque haya personas que le contesten menos que las piedras. Saluda no por llevarles la contraria, no por hacerlas de menos, no por nada de ellas, sino por lo que le dijo un bisa en el cuartel:

    -Y si viene la muerte, se le saluda.

    Porque saludar y sonreír, porque interesarse en los demás e intentar ayudarles, le previene de convertirse de nuevo en otro saco andante que, si se le pinchase aunque fuese con una aguja hipodérmica, vertería vinagre sobre la estancia de su vida y de los que tiene a su lado.

    Saluda otra vez y, con una sonrisa, se despide.

  • retazo51

    Salta y vuela, abre sus alas sobre un mar de emociones que le han tenido presa en más de una ocasión. Y en más de dos. Y en más de las que a ella le hubiera gustado vivir, y en más de las que ella se hubiera atrevido a reconocer.

    Pero ya no importan, ya no la arrastran entre flores con espinas, ya no. Deja las emociones tiradas en trozos de algodón con los que ha borrado el maquillaje de su cara y el maquillaje de su alma que ha llevado durante tanto tiempo. Están sus emociones en manchas cautivadas para siempre en flores de algodón que cubren los campos que ella sobrevuela. Que ahora sobrevuela, pero que, dentro de poco, no lo hará.

    ¿A dónde irá? ¿Quién lo sabe? ¿Ella? Se desliza por las corrientes de un viento austral cálido sin más ataduras que dejarse mecer por el aire, por el tiempo, dejarse mecer sin condenarse a las emociones que maquillan nuestras vidas para que a otros les parezcan bonitas, para que a otras les resulten decorosas, para tapar nuestras propias personas que, a veces, pueden no resultar ni bonitas ni decorosas, aunque son nuestras y reales.

    Vuela por los aires como dinamita lanzada al centro de la prisión de una misma, vuela por los aires para encontrar su lugar prometido entre nubes de cometas.

  • retazo50

    Podría comprarte el mayor ramo de flores no comestibles que hayan creado en este mundo, o un anillo resplandeciente con una montaña como piedra preciosa que tardásemos varios días en escalar; podría hacerlo, serían para ti, y más para mí, al dártelos. Me imagino que, sonriente, contestarías: “Muy bonito y romántico, pero ¿mi baile?”

    Podría decirte que por ti detendré el tiempo para que dejemos de coleccionar arrugas y canas, que la gravedad no tendrá un efecto acumulado en nuestros cuerpos, que siempre serán felices y jóvenes; podría decirlo, es fácil y su factura no es inmediata. Me imagino que, sonriente, contestarías: “Muy bonito y romántico, pero ¿mi baile?”

    Así que, te compre lo que te compre, te diga lo que te diga, me pondré a bailar asincrónicamente en mitad de un camino que conduce a un pueblo que siempre vive en carnaval, o en unos soportales del centro de una ciudad cualquiera en la que combatamos el frío del invierno con un café helado. Me pondré a bailar asincrónicamente para que entre tu vergüenza nazca una sonrisa, sabiendo que habrá mentira en tus palabras al pedirme que no baile.

  • retazo49

    Con la camiseta amarilla, el pantalón azul, el 1 a su espalda. Se levanta sobre sus torres que protegen mi tierra, mi planeta, que forman una muralla junto a sus guantes para detener los meteoritos que el universo me lanza, despejados de puños o con un escorzo que culmina en el último centímetro de sus botas.

    Con la camiseta amarilla, el pantalón azul, el 1 a su espalda. Dirige a su defensa para que no pase nadie y menos nadie con un balón, aunque esté dormido en un tren que lo lleva a una ciudad lejana, aunque esté visitando a unos familiares condenados a varias muertes, aunque trabaje de niño en una cerámica.

    Con la camiseta amarilla, el pantalón azul, el 1 a su espalda. Sonríe ante todos los que marcamos goles en la bondad sin ser buenos más que por parecer ser buenos, porque es nuestro amo quien lo ordena; sonríe porque sabe que la realidad es esperpento empaquetado en nobles ideas y nobles palabras.

    Con la camiseta amarilla, el pantalón azul, el 1 a su espalda.