Autor: ref5504

  • Historias de robots 1-10

    Hubo una vez una Robota que miraba el cielo intentando encontrar su planeta, pero ese planeta ya la había encontrado a ella.

    Se llamaba Flamígera En Los Aires 3 y ésta es su historia.

    Flamígera En Los Aires 3 se pasaba el día mirando el cielo y, como es normal, fue víctima de muchos tropezones, unos más accidentes que otros.

    Los demás robots se reían de ella: La habían rebautizado Torpígera Doña Golpes 3. Y a ella ni le molestaba ni le hacía gracia.

    Pero no sólo tropiezos había en su vida, también dejaba hueco para otras cosas y, por eso, en un pozo se cayó.

    —¿Sabéis que Torpígera Que Te Caes 3 ha dejado los cielos y se ha puesto a buscar los infiernos?

    Y así hacían chanzas, y burlas, y befas, y cualquier otra actividad lúdica que les permitiese practicar su capacidad lingüística.

    Mientras, Flamígera se sentaba en una silla y, con una especie de palo que ella llamaba telescopio, miraba el cielo.

    Un día vendió su casa, su estación de generación de electricidad, y la fábrica de su familia donde ella había nacido. Y con ese dinero, compró todas las naves espaciales que había en el planeta que, al ser un planeta pobre, pequeño y poco poblado, esas todas eran más bien pocas.

    —Ahora Torpígera se nos ha puesto viajera y en vez de casa vivirá en un cohete; y en vez de energía, comerá soles.

    Mientras, Flamígera se sentaba en una silla y, con una especie de libreta que ella llamaba calculadora, hacía sus números.

    —No es mal porcentaje. —se dijo.

    De repente, apareció una nueva estrella en el cielo. Casi todos los robots se lo tomaron a broma hasta que un día, también de repente, empezó a correrse la voz de que era un asteroide que iba a destruir el planeta y tenían que huir. Los robots sabían cómo hacerlo.

    -Torpígera, danos las naves.

    Pero Torpígera no contestó por el simple motivo de que no había ninguna Torpígera.

    —Torpígera, las naves.

    —Creo que estáis intentando hablar con un fantasma de vuestras mentes -contestó la robota.

    —O nos las das por las buenas o serán por las malas.

    —Las naves son mías, yo os las compré. ¿Acaso no las vendisteis?

    —No estamos para bromas.

    —Mi dinero no fue una broma. ¿Lo fue?

    Se abalanzaron hacia ella, pero antes de que le pusieran una mano encima, activó las defensas.

    —¿Las naves? Las naves las puse todas en órbita para que nadie pensase que lo que había sido suyo, seguía siendo suyo; y que mi dinero también seguía siendo suyo. Pero si tanto queréis las naves, os las vendo. Todas.

    Los robots dudaron.

    —Sí, me las podéis comprar y podéis huir. Hay sitio para todas las pocas familias.

    —¿Y qué quieres a cambio?

    —Quiero que me vendáis el planeta. Y que no volváis.

    —Ja, esa cosa del cielo va a destrozarlo.

    —Sí, es posible.

    —¡Estás loca! ¡Siempre lo has estado!

    Flamígera les hizo firmar que todo el planeta quedaba para ella: sus pocas casas, sus pocas plantas de energía, sus pocas fábricas. Un planeta pequeño, pobre, que ahora iba a estar menos poblado.

    La bola de fuego ya era casi tan grande como el propio Sol de ese sistema. Todos los robots menos una embarcaron en las naves:

    —Adiós, que te aproveche tu planeta de cenizas, Torpígera Que Te Quemas 3.

    Y se marcharon y la dejaron sola.

    Sola. Empezó a correr por todo el planeta. Y aquí las activaba. Y allí. Sola. Siguió corriendo. Rápido. Y allí también las activaba.

    La bola de fuego se iba haciendo más amenazadora, las naves ya habían desaparecido de su vista.

    Sola. Corriendo. Activando. Sola. Rápido. Casi. Ya. Sí. Ya.

    —Un 91%, no es mal porcentaje —se dijo exhausta.

    Ese 91% de no chocar contra el planeta fue el elegido por el asteroide, y el asteroide se fue haciendo cada vez más y más pequeño. Y más y más grandes se iban haciendo las naves de los robots que volvían por lo suyo. Y lo suyo fue encontrarse con todas las defensas del planeta activadas con las que tuvieron un breve y definitivo diálogo.

    Y así fue como una robota, que miraba al cielo para encontrar su planeta, lo encontró.

  • Historias de robots 3-8-Extra

    Hubo una vez una robota que, haciendo su casa ideal, le importó un fotón lo que pensase el resto.

    —¿Otro más?

    —Otro más.

    El albañil no entendía lo que estaba pasando. Aquello era excesivo.

    —Señora, ¿está segura?

    —Otro más. —respondió ella.

    Las vecinas llevaban semanas murmurando, pero ahora casi gritaban.

    —¿Te parece normal?

    —Es que no tiene decoro ninguno.

    —A ver, que alguna de nosotras podría tener esa apetencia y nos contenemos.

    —No, no digas apetencia y llámalo como lo tienes que llamar: Perversión.

    —Pecado.

    —Lujuria.

    Habían llegado los rumores a las más altas instancias del pueblo.

    —Tienes que hacer algo. —dijo el alcalde, apoyado en la barra del bar.

    —Pero… —intentó escabullirse la Jefe de Policía.

    —Uno vale; dos, en fin. Todos lo podemos entender, pero lo que está sucediendo en esa casa vulnera cualquier código moral, laboral y estilístico que pueda haber en el universo.

    Como buena ciudadana y mejor subordinada, la Jefe se acercó al lugar de los hechos.

    —Dígame qué estamos haciendo mal, agente.

    —No es decoroso lo que sucede en esta casa.

    —Mire, yo le pago para que haga lo que le pido. Yo le pago y no le cierro la puerta para irse si así lo desease.

    La agente, tras revisar toda la legislación pasada y futura, se tuvo que marchar.

    Así fue como una robota, haciendo su casa ideal, le importó un fotón lo que pensase el resto y, siguiendo sus deseos más íntimos, se puso diez baños en su casa.

  • Historias de robots 4-15

    Hubo una vez una robota que, inventando robots, inventó una profesión.

    Ha habido muchos tipos de robots. Muchos. Según su forma, su propósito, su capacidad de raciocinio.

    Pero casi todos eran como son en el Mundo de las Ideas de Platón, situado en el Multiverso 7, Callejón de las Afueras S/N.

    Es decir, seres metálicos que hacen bip-bip cuando se emocionan.

    Y en esas, una robota tuvo un sueño.

    Había unos robots que no eran como robots, pero estaban hechos como los robots. Vivían fuera de las fábricas, saltaban vallas, y se alimentaban de los brotes de electricidad estática de los prados.

    —Serán ovejas, ovejas eléctricas. —declaró la robota en ese mismo sueño sin saber lo que eran las ovejas.

    En cuanto se despertó, hizo unos seres tal como había soñado.

    La siguiente noche soñó con unos robots que no eran robots y corrían por los prados, saltaban arbustos, y protagonizaban anuncios de robots que buscan la libertad.

    Y, en cuanto se despertó, hizo a los:

    —Totones.

    Más adelante fueron reetiquetados como “caballos” por sus melenas al viento.

    Y soñó cabras, caracoles, osos panda, diplodocus y un par de bichos-cosa.

    En unas cuantas noches de sueño y unos cuantos días de trabajo, nacieron decenas de robots no-robots.

    —Un mecánico normal no sabrá arreglar sus cuerpos; un ingeniero normal no sabrá reparar sus almas.

    Y decidió que ella sería la primera en curar a las criaturas que había creado.

    Así fue como una robota, inventando unos robots, se hizo veterinaria.

  • Historias de robots 4-80

    Hubo una vez un roboto que, acumulando átomos, se hizo grande.

    Siempre se habían reído de él en el colegio.

    —Eres más chiquitín que Hiperchiquitín.

    Y no tenían razón, pero eso les daba igual a ellos y, sobre todo, a él.

    Probó a engordar y no pudo. Comía pilas recargables, baterías de camiones, desechos radioactivos de centrales nucleares.

    En su desesperación, hizo caso al consejo del vecino:

    —Tienes que pisar estiércol para crecer.

    Y pisaba estiércol de vacas esféricas y no crecía.

    —Pues las plantas crecen con el estiércol. Será tu culpa.

    Sentía que era su culpa y más cuando se lo recordaba otro robot.

    —Tienes que desear crecer. —dijo un segundo vecino.

    Y lo deseaba tanto como le dejaban los circuitos de su cerebro.

    —Pues si deseas algo de corazón, siempre lo consigues. Será tu culpa.

    Sentía que era su culpa y también era su culpa no tener corazón.

    —Tienes que ir al gimnasio. —dijo un tercer vecino que parecía bien grandote.

    Y fue al gimnasio, pero no pasó nada.

    —Tío, tienes que ir al gimnasio y hacer lo que tienes que hacer.

    Y fue al gimnasio, y empezó a levantar hierros, y a levantar maracas, y a levantar a otros robots mientras éstos hacían press banca; pero no crecía.

    —Tú de cuerpo no vas muy sobrado, pero de cerebro… de cerebro… Bueno, no te preocupes: Nunca se te podrá estropear algo que no tienes.

    El roboto chiquitín estaba, cual pastor, muy desesperado.

    —Me dijiste que hiciese lo que tenía que hacer.

    —Sí, claro.

    —Y me he molido trabajando cada uno de los músculos mecánicos de mi cuerpo.

    —¿Qué dices? ¡Estás loco!

    El vecino entendió dónde estaba el problema.

    —A ver, tú vas al gimnasio, pero como quieres crecer, no te pones a trabajar tus músculos. Eso es de perdedores, de bobos. Tú llegas allí, le dices a alguno que quieres hacerte grande y sigues sus consejos.

    Así lo hizo.

    —¿Tengo que comer un batido de tuercas con esteroides? —preguntó al gurú de turno.

    —¿Esteroides? Tú eres tonto. Te he dicho batido de tuercas con asteroides. Como eres un renacuajo, empieza con polvo de asteroides y virutas de tuerca.

    Y empezó. Y se tomó sus batidos. Y todas las horas que estaba en el gimnasio, engullía batidos de tuercas con asteroides, tortillas de novas con proteínas de galaxia.

    Y empezó a crecer.

    Y siguió creciendo.

    Y se hizo más grande que el gimnasio.

    Y más que el pueblo…

    … el planeta,

    … el sistema solar,

    … el universo.

    Así fue como un roboto, acumulando átomos, se quedó sin sitio.