Autor: ref5504

  • Distrufe total

    Quedas en el inicio de un distrufe total.

    Te ponen ante un montón de platos cocinados que sólo tienen un ingrediente en común y, en ese momento, la realidad se condensa en un único axioma de origen subterráneo con entrantes de trufa, ensalada de esto y lo otro con trufa, animales de todos los continentes, todos los océanos y truchas del río Isabena en tartar con trufa, profiteroles de trufa mezclada con crema de isótopos inestables de elementos menos estables que un neutrón aislado de la trufa, infusión de trufa con trufa endulzada con trufa trufada, y trufa, y trufa, y trufa. Entras en un estado de nirvana trúfico con partículas de trufa emitiendo radiaciones Trufenkov con sabor a trufa.

    En ese instante, miras a la trufa y la trufa te mira a ti. Estás atrapado y ya eres, para siempre, uno con la trufa.

    “La vida es trufa y las trufas trufas son” respondes cuando te preguntan por la futilidad de las ilusiones y la literatura española gastronómica. “Trufo, luego existo” es tu mantra para rechazar que eres un programa informático, que eres un conjunto de números que sólo importan cuando dejan de producir números. “Trufa o no trufa, esa es la cuestión” sueltas con aire melancólico para que sepan que eres un intelectual y no un tirado de la vida, que tienes tus estudios en cómo se usaba la trufa hace un milenio y tres cuartos de kilo.

    Te quedas totalmente distrufado al final.

  • retazo29

    Hay sol.

    Escondido bajo una sombrilla, intento enfriarme con cremas y un helado de chocolate. Aprovecho la pinza que tengo libre y la saco fuera para confirmar lo que ven mis ojos: Sigue habiendo sol.

    Es lo normal. Quitando las diversiones nocturnas y los paseos bucólicos al amanecer, cuando vas a una playa es para disfrutar del sol, de un sol, que en este caso, está cayendo a tres toneladas por metro cuadrado. Bufff. Sigo bebiendo agua sin pensar porque estoy medio abotargado por el calor.

    Los demás están sin sombrilla, tumbados en toallas sobre arena de brasas. ¿Cómo podemos ser de la misma especie? Bebo agua y agua, pero no llego a mearla porque mis poros se han convertido en surtidores. Si les pudiese poner un sistema rotatorio, serían unos aspersores fantásticos. ¡Qué calor! ¿Qué pinto yo aquí? Con la soledad y el frío que hay en las montañas. Miro al resto y los veo felices, con sus toallas, sus cremas, sus gafas de sol, sus cuerpos bronceados. ¿Pero cómo puede ser que vengan aquí?

    Y, al ver sus cuerpos bronceados, me empiezo a reír porque me doy cuenta de que soy un gruñón. Jajaja, soy un gruñón. He venido a la playa, me he embadurnado con la crema y me he ido a andar por la playa. ¿Y qué ha pasado? Pues que me he convertido, como siempre, en un cangrejo. Yo, el Cangreixo.

    Cojo con una pinza la sombrilla, me pongo a andar por la playa, contradiciendo a un cangreixo, con el mar mojándome los pies que se hunden, ligeramente, en la arena. Por esto he venido, por esta sensación.

    Hay agua.

  • Celebrando el 19 cuando es un 17

    Cuando te ofrecen subir al Monte Oroel corriendo, sabes que algo va mal, rematadamente mal. Cuando no respondes sembrando caos y destrucción a tu paso, toda esperanza está perdida. La belleza de los valles, la majestuosa imagen del bucardo, el sabor auténtico del té de roca; todo por lo que has luchado y muerto tantas veces ha desaparecido, al igual que la figura de un ser humano que, tras aceptar tal disparate, ha pasado a tu lado como una flecha envenenada. Cualquier mirada de odio que se le dirija es, cuanto menos, generosa. Y, ante ello, sólo un santo puede permanecer impasible.

    Hay límites que no deben ser superados cuando exploramos el mundo. Los niños tienen las rejas para que no puedan perderse fuera del colegio; los adultos tenemos el sentido común para no perdernos fuera de nuestra realidad; y los aventureros que suben montes tienen el ritmo “china, chana” para no perderse en una expedición sin destino. Así ha sido y así debe ser. Los límites nos permiten saber perfectamente cómo somos y qué tenemos que hacer en nuestra vida porque, cuando intentamos superarlos, aunque sea sin querer, la realidad se impone, bien con un recordatorio de la dureza de las montañas, bien con un mensaje en tu móvil que te da la bienvenida a Francia. Y, ante ello, sólo un santo puede permanecer impasible.

    Las montañas, los montes, los aventureros y este retazo forman parte de un universo regido por unas leyes que se han de cumplir, que se han de estudiar y respetar. Muchas veces tienes que llevar sus ecuaciones al límite para poder entenderlo perfectamente, pero nunca se superan esos límites, ni tan siquiera en los rigurosos experimentos con termos agujereados y resultados plasmados en gráficas con puntos tan gordos como galaxias en periodo de engorde. Así que, ante una pregunta tan fuera de los límites de la realidad, la atención y el decoro como “¿Quién es tu compañero de prácticas en Termodinámica y Mecánica Estadística?”, sólo un santo puede permanecer impasible. Perplejo, pero impasible.

  • retazo28

    Siguiendo el ritmo de mis pasos, contando mis pasos, uno, dos, tres, cuatro. Uno, dos, tres, cuatro. Sólo están mis pasos. Inspiración, expiración, tres, cuatro. Inspiración, expiración, tres, cuatro. Mi pasillo convertido, tres, cuatro. El pasillo de mi casa se convierte en un camino de un parque, con árboles a los lados, con una fuente a lo lejos. Entra en mí el aire frío de una mañana de invierno con mi respiración acompasada, mientras pienso en lo maravilloso que sería que este instante durase todo lo que yo quisiese, sin tener que volver a la rutina de luchar contra deseos de conseguir un algo que desconozco y, al lograrlo, ser feliz. Expiro, resoplo, tres, trastabillo.

    Miro mis pies, siguen andando al mismo ritmo, uno, dos, tres, cuatro, convirtiéndome en ellos para soltar un parque con deseos de ser feliz. Uno, dos, tres, cuatro. Inspiración, expiración, tres, cuatro. Inspiración es lo que necesito, tres, cuatro. Una inspiración que me haga escribir textos hermosos, agradables, lenitivos, y cuatro. Entre el Ara y el Cinca, ando por una senda con guijarros de esperanza y piedras de tormento, para mis pies y para mí, mientras me alejo de la realidad que no soy capaz de entender, interpretándola con figuras grotescas en la que empiezan a habitar mis pensamientos. Caigo, ruedo, mis brazos partidos, mi cara sangrando.

    Consigo sentarme en una roca, intento calmarme, soportar el dolor, quedarme quieto. Uno, dos, tres, cuatro. Pero mis pies, con los talones en el suelo, empiezan a marcar un ritmo que empiezo a contar. Uno, dos, tres, cuatro. Uno, dos, tres, cuatro. Desaparece la senda, desaparecen mis brazos, tres, desaparece mi cara sangrando. Mi pasillo, mi casa, tres, cuatro. Inspiración, expiración, tres, cuatro. Uno, dos, tres, cuatro.